Esto fue un proyecto interesante de la u, donde nos daban el título y nosotros debiamos, realizar un pequeño cuento, ahi se los dejo espero les guste:
LAS SIETE SILLAS
Hace ya mucho tiempo, allá por los años de los boleros y los caballeros, de los largos vestidos, las damas de iglesia y buenas costumbres, esos tiempos de antaño; nació en el viejo continente una pequeña leyenda, un mito como cualquier otro, que a costa del miedo, la curiosidad y habladuría de otros, fue tomando forma y fuerza hasta llegar a tiquicia, para terminar aquí de ser regado por todas aquellas dulces viejecitas que entre cigarros, café, chocolate y pan de elote les gustaba contar historias, para que los carajillos necios se asustaran un poco, y para que aquellos un poquito más grandes dejarán un rato la política y el fútbol de lado, y le prestaran atención a aquella señora ya con sus añitos encima.Cuenta esta pequeña leyenda que en época de piratas y damiselas, cuando los tiempos andaban un poco descarriados, un viejecito ermitaño y gruñón que vivía en los suburbios, fabricaba un juego de 12 hermosas sillas para el nuevo padrecito de la comunidad, que acababa de ser nombrado obispo por el señor Papa de aquel tiempo, y como el famoso curita era el único que se soportaba a este señor, el muy agradecido le construía orgulloso 12 hermosas piezas de carpintería muy fina.
Y así, semana tras semana el señor tallaba y labraba con muchísimo cuidado los maderos que él mismo iba a comprarle a Juan, un chavalillo que siempre hacía negocio con el viejo, estos según decía el mocoso eran de los mismísimos bosques perdidos de Babilonia, y el viejito que no comía cuento simplemente pensaba que eran de algún hermoso roble con poca suerte y sin más se ponía a trabajar. Creándose así por un tiempo una rutina, casi religiosa, de solo trabajar, trabajar y trabajar hasta que cayera la noche y el sueño le diera la estocada final.
Así pasaron 2 meses, hasta que un día una monjita que iba pasando por aquella pintoresca casita, le pregunto al viejo, para que quién trabajaba tanto.
Este le contesto, que era un regalo para el dichoso curita aquel, a lo que la monjita un poco envidiosa le respondió:
-Pues nada tiene que estar haciendo usted, construyéndole nada al padrecito ese, y menos unas sillas que ni el ni nadie van a usar, usted no sabe que en el Vaticano todo es de oro puro y esas sillitas mal hechas van a quitarle color a tan celestial y sagrado lugar.
Escuchando tal alharaca de aquella monjita, hija de padre y madre, el viejito a la séptima silla, dejando todo tirado le dijo:
-Pues mire monja envidiosa, ahora va haber le voy a llevar estas sillas a la bruja esa del pueblo, que vive por el muelle y habla con piratas, pa’ que hechice las hijueputas sillas que depor’sí ni quería hacer, y cada vez que se siente una monja así de envidiosa como usted, le pegue un buen susto.
Y con la misma se fue el viejecito a buscar a la dichosa bruja, que vivía, en un faro abandonado, a unos cuantos metros del famoso bar de piratas La Langosta, y al llegar al lugar toco la puerta 3 veces, muy fuerte. TOC! TOC! TOC!
¡Ermenejilda!!!! - gritaba el anciano,
- ¡Salga! ¡Que soy yo don Vladimir, el de la carpintería, que ocupo un maleficio!!.
De pronto se oyeron retumbos y gruñidos desde el interior, que le hacían temblar las piernas al viejo gruñón, seguido de todo aquel ruido infernal,la puerta se abrió mostrando aquella figura casi esquelética y raquítica de aquella criatura poco arrimada a la mano de Dios, con ojos saltones de color negro azabache y pelo gris color suciedad, la cual le contestó
¿Que quiere viejo majadero? Esto no es pulpería ni mercado para que venga gritando y pidiendo cosas así no más, mire q estoy muy ocupada como para andar perdiendo el tiempo con tonterías de mortales y viejos desvalorados.
No mire señora lo único que yo quiero es que le eche una maldición a este juego de sillas que traigo aquí, en la carreta, por que tengo un colerón que no me lo aguanto ni yo solito, mire que no sabe lo que me paso por sapo...
Así siguió el viejito contando y berreando lo sucedido; hasta que la bruja cansada de escucharlo accedió para no oír mas aquel viejo trastornado.
Y cuentan los que cuentos cuentan que la bruja si embrujó las sillas y del viejito más no se volvió a saber, pero dicen que las sillas sí estaban malditas y a cualquier monja espantaban e incluso volaban como poseídas por el mismísimo Pisuicas, tanto así que una fue a parar al Vaticano, otras al fondo del mar, otras 2 a España, la quinta terminó en Francia, otra la compro algún loco coleccionista de chucherías medio satánicas y la séptima se vino rodando tierras hasta la famosa iglesia de Coronado, donde también se dice que ya no hay monjas envidiosas ni amargadas, porque el padrecito se sabe muy bien la leyenda y en cuento puede espanta a sus tan queridas hermanitas con este mismísimo cuento.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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